Te di mi sangre, te dejé beber mis secretos y devorar mi pasado con tus labios de color rojo escarlata; maldito color, como el de mi sangre entre tus manos. Respira, siente como las costillas se incrustan en mi presente. La venas resaltan en mi piel fría y solo puedo pensar en tu sexo tibio y jugoso.
¡Vaya dolor! me hace el amor en cada suspiro. Puedo percatarme de como mi vista pierde luz en cada parpadeo pero no resulta ser algo alarmante, la vida es oscuridad y debes aprender de la muerte que al final está la luz esperando por ti.
Debo poder llegar al último renglón del cuaderno que compré para inmortalizarte maldita mujer. Exprimiste cada gota de sangre, estrujaste mis pulmones hasta que supiste que necesitaría de ti para respirar, besaste cada herida que me causaste, le lloraste a mi felicidad y odiaste mi amor.
Pero mi incredulidad se acabo al cerrar los ojos, ahora te puedo ver desde adentro; la irracionalidad de lo que escribí de ti se vuelve eterna como las veces que me amaste al hacerte el amor. Las veces que te amé en cada habitación, cada pasillo vacío, cada caricia, cada tú, cada yo. Perdón por elegir la muerte pero es la prueba más grande de amor que puedo ofrecerte.