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sábado, 3 de septiembre de 2016

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Ese último abrazo hizo llover el cielo, todo estaba predestinado. Las lagrimas no eran algo normal, al menos no en mi. El reloj se ha vuelto loco, por más que quise detenerlo, las manecillas no parecen responder, los pies se alteran y la mirada vuelve a cegarse. No comprendo, no sé que está ocurriendo, no veo nada, solo escucho la lluvia caer, tan despacio que mi soneto puedo recordarlo, las voces empiezan a irritar mi vida. Una gota, dos gotas, tres, una más en mi lado izquierdo. Vaya amanecer, puedo oler la basura de mi alrededor pero no puedo ver nada, todo es oscuro, no distingo con el tacto. Mi ojo fue invadido por por un par de gotas pero no parece hacerle daño. Un paso a la vez forastero, ordena los pensamientos; camina idiota.
Muévete con el soneto, camina  imbécil, la muerte no va a detener tu confusión, vamos.
Una gota, dos, tres, una más, saco la lengua y no siento nada, perdí el sentido del gusto.
-Aldooo...
-Mierda, ¿qué sonido fue eso?
Una, dos...

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